El estudiante del Magíster en Matemáticas de la Universidad Austral de Chile (UACh), Rodrigo Fernández Figueroa, recibió la Mención Honrosa del Premio Jorge Billeke a la Excelencia Académica 2025, otorgado por la Sociedad de Matemática de Chile, reconocimiento que destaca su compromiso con la disciplina y su proyección en el ámbito académico nacional.
Oriundo de La Florida, Santiago, su salida de la enseñanza media en 2017 no estuvo acompañada de certezas. Recién en 2019 ingresó a estudiar Ingeniería en el Campus Miraflores de la UACh, convencido de que su afinidad con las matemáticas sería suficiente. Sin embargo, pronto descubrió que lo que encontraba en las aulas no coincidía con su idea de “hacer matemática”. Tenía muchas preguntas y poco espacio para explorarlas en profundidad, lo que despertó su interés por un camino distinto al que inicialmente había elegido.
Ese impulso lo llevó a cambiarse a la carrera de Licenciatura en Ciencias con mención en Matemáticas, dentro de la misma casa de estudios. Allí, la experiencia fue tan reveladora como exigente. Desde el primer semestre comprendió que la formación no se centraba en el cálculo mecánico, sino en la demostración, la teoría y la comprensión profunda de los conceptos. “Era el por qué, el por qué, el por qué… y todo eso me empezó a dar vueltas”, recuerda. Con el paso de los semestres, el número de estudiantes disminuyó drásticamente: quedó primero con un compañero, luego solo. Mientras generaciones completas desertaban o adelantaban cursos, él decidió permanecer.
La soledad académica intensificó la exigencia. “Si yo no venía, no había clase”, señala. Los profesores abrían la sala únicamente para él. En paralelo, debía compatibilizar sus estudios con trabajos nocturnos en bares y discotecas. A las diez de la mañana estaba en clases, aun cuando había terminado su turno de madrugada pocas horas antes. Hubo momentos de desgaste profundo, de dudas y de querer abandonar.
Valdivia, a la que llegó casi por casualidad —un correo de repostulación, un cupo disponible y la gratuidad asegurada— terminó convirtiéndose en un espacio clave. A ello se sumó que su hermana ya estudiaba y vivía en la ciudad, lo que también fue un apoyo y un impulso para dar el paso.
“Fue la oportunidad. Un click. Y ya estaba matriculado”, recuerda. En un comienzo vivió en el sector de Curiñanco, pero debido a la distancia y las exigencias académicas, decidió trasladarse al hogar universitario de Miraflores, donde residió durante toda su carrera, incluso después de cambiarse de Ingeniería a Matemáticas. Desde allí sostuvo una rutina marcada por el estudio y el trabajo, en el marco de un proceso exigente y profundamente personal, acompañado por amistades forjadas en el hogar universitario y por el respaldo permanente de su familia.

Investigación: de las demostraciones al corazón del problema
Su trabajo de investigación en la Licenciatura en Matemáticas se desarrolló bajo la guía del académico Felipe Poblete, con quien estableció un vínculo clave desde los primeros cursos. Volver a cursar Cálculo I —esta vez desde una perspectiva teórica y demostrativa— marcó un punto de inflexión en su formación. “Fue la base de todo lo que vino después”, explica. A diferencia de una enseñanza centrada en el cálculo mecánico, su aprendizaje se sostuvo en comprender por qué las fórmulas funcionan, demostrarlas rigurosamente y construir resultados desde los fundamentos.
Este enfoque lo condujo de manera natural al estudio de ecuaciones diferenciales parciales y, en particular, al análisis de soluciones tipo solitón: ondas solitarias que se propagan en el tiempo sin deformarse, en medios no lineales.
Su investigación de pregrado se centró en la ecuación de Kadomtsev–Petviashvili (KP), un modelo fundamental en la teoría de ondas. A grandes rasgos, su trabajo consistió en caracterizar un tipo específico de soluciones solitónicas y establecer un vínculo preciso entre soluciones conocidas de la ecuación de Korteweg–de Vries (KdV) y la ecuación KP-I.
“Geométricamente, lo que hice fue mostrar que una solución que aparece inclinada puede transformarse en una solución recta”, explica. Más allá de la imagen visual, el aporte principal fue extender y conectar resultados recientes, provenientes de un trabajo previo de su profesor guía, hacia un contexto en el que no se conocía esta relación. “No es que fuera más general, pero sí se logró un vínculo que antes no estaba establecido”, precisa.
Este resultado no solo cerró su etapa de pregrado, sino que sentó las bases directas de su investigación de postgrado. En el Magíster, Rodrigo retoma la ecuación KP desde una perspectiva complementaria: mientras en la Licenciatura estudió soluciones ideales y persistentes, hoy se concentra en el decaimiento de soluciones, analizando cuándo y cómo estas ondas pierden energía y desaparecen. Así, su trabajo actual puede entenderse como una continuación natural de su tesis de pregrado, que amplía el foco desde la estructura de las soluciones hacia su comportamiento dinámico y dispersivo.
Proyección académica: el Magíster, ANID y el paso decisivo
Actualmente, mientras avanza en el Magíster en Matemáticas, Rodrigo se encuentra postulando a las becas ANID, una oportunidad que, para él, representa un punto de inflexión. “La beca me permitiría, por primera vez, dejar realmente el rubro de la barra y dedicarme de lleno a la matemática”, explica. Durante años, el trabajo nocturno fue una necesidad para sostener sus estudios, pero también una limitación. “La matemática necesita tiempo. Las ideas no llegan solas y las demostraciones tampoco”, reflexiona.
La noticia del reconocimiento llegó de manera sorpresiva. Fueron sus profesores quienes postularon su trabajo sin informarle. Días después, recibió un correo del presidente de la Sociedad de Matemática de Chile felicitándolo oficialmente. “Ahí uno dice: valió la pena todo el esfuerzo”, reflexiona.
De cara al futuro, Rodrigo proyecta finalizar el Magíster el próximo año y continuar con estudios de doctorado. Aún no define el destino, pero sí el tipo de desafío que busca: formarse en un país donde deba aprender un nuevo idioma y desenvolverse en él. Brasil, Francia o Italia aparecen como posibilidades abiertas. En lo disciplinar, se siente cómodo en el área de las Ecuaciones Diferenciales Parciales, aunque se mantiene abierto a retomar intereses de largo aliento como la geometría abstracta, las dinámicas holomorfas o la teoría de números.
Sobre el desarrollo de la matemática en Chile, su mirada es crítica y esperanzadora. Valora la descentralización del quehacer científico, pero advierte una deuda persistente en la forma en que la matemática se enseña y se comunica. “Falta ir más allá de la fórmula”, sostiene. Comprender de dónde surgen los conceptos y cuestionarlos podría transformar la relación que muchas personas tienen con la disciplina. “Hay mucha gente traumada con la matemática porque les dijeron que eran malos”, señala. Para Rodrigo, cambiar esa narrativa es tan importante como cualquier resultado teórico: abrir la matemática, hacerla comprensible y convertirla en una posibilidad.