Facultad de Ciencias

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El agua también habla: lo que los humedales de Angachilla nos quieren decir

Cuando el conocimiento se comparte, el agua habla y la comunidad escucha.

Nota basada en texto de divulgación científica de Klaus Fassler T. 

Curso ICML134 «Agua, ecosistemas y sociedad».


Un lugar donde los árboles nativos crecen junto a pequeños arbustos que brotan entre el barro, donde las aves llenan el aire con su canto y los anfibios anuncian el atardecer con su coro inconfundible. Ese lugar existe, y se llama el Complejo de Humedales de Angachilla: un verdadero tesoro natural que se extiende por la zona sur de la ciudad y que hoy se ha convertido en un símbolo de resistencia ecológica frente al avance urbano.

Los humedales urbanos no son solo espacios “verdes” dentro de la ciudad. Son ecosistemas que cumplen funciones esenciales para nuestra calidad de vida. Actúan como esponjas naturales, reteniendo el agua durante lluvias intensas y ayudando a prevenir inundaciones; funcionan como filtros biológicos, atrapando contaminantes y sedimentos; contribuyen a la recarga de aguas subterráneas y, además, son refugio para una enorme diversidad de especies, incluso en medio del concreto y el ruido citadino.

En Valdivia, el Complejo de Humedales de Angachilla abarca aproximadamente 2.000 hectáreas, según datos del Ministerio del Medio Ambiente (2023). Está compuesto por una red de esteros, lagunas y zonas pantanosas que reciben agua de lluvia, escorrentía urbana y aportes del río Angachilla, formando un mosaico de ambientes que sostienen una vida silvestre única.

En reconocimiento a su valor ecológico y social, el humedal fue declarado Santuario de la Naturaleza en 2020. Además, está protegido por la Ley N.º 21.202 de Humedales Urbanos, una normativa que busca asegurar su conservación y promover acciones concretas para resguardar su integridad ecológica.

Pero ¿qué es exactamente un humedal urbano?

Según el Ministerio del Medio Ambiente, se trata de extensiones de marismas, pantanos o superficies cubiertas de agua —de forma permanente o temporal— que se ubican dentro o junto a zonas urbanas. En otras palabras, son ecosistemas que conviven con nuestras casas, calles y barrios, y que muchas veces pasan desapercibidos, pese a su enorme importancia.

 

Monitoreo ciudadano: cuando la ciencia nace desde la comunidad

No son solo técnicos o científicos quienes cuidan este ecosistema: la comunidad también cumple un rol fundamental. Desde 2023, vecinos y vecinas del sector Angachilla se han capacitado en monitoreo comunitario de la calidad del agua, gracias a la iniciativa internacional Global Water Watch, representada en Chile por Fundación Manzana Verde y con apoyo del Ministerio del Medio Ambiente.

En noviembre de 2024, catorce participantes fueron parte de talleres prácticos donde aprendieron a medir parámetros clave como el oxígeno disuelto, el pH y la turbidez, transformándose en verdaderos guardianes del humedal. Su trabajo no solo genera datos relevantes para la gestión ambiental, sino que también fortalece el vínculo entre la comunidad y su entorno.

El programa considera tres tipos de análisis complementarios:

  • Físico-químico: mediante un laboratorio portátil que permite medir pH, oxígeno disuelto, dureza, alcalinidad, temperatura y turbidez.
  • Bacteriológico: para detectar contaminación fecal a través de bacterias como Escherichia coli y otros coliformes.
  • Macroinvertebrados: pequeños organismos bentónicos que actúan como indicadores naturales del nivel de contaminación del ecosistema.

Además, los monitoreos se realizan mensualmente en cinco puntos clave del santuario: Parque Comunitario Angachilla (La Punta), Parque Catrico, humedal Krahmer, estero Piedra Blanca y humedal Los Conquistadores. Esto permite obtener una visión integral del estado del agua e identificar zonas más vulnerables frente a la presión urbana.

Gracias a este trabajo colaborativo, los propios vecinos pueden detectar cambios, identificar fuentes de contaminación y compartir información con autoridades y organizaciones ambientales. Más allá de los datos, este proceso fortalece el sentido de pertenencia y permite comprender que cuidar el agua es también cuidar el propio entorno.

Así, la participación ciudadana no solo aporta información: transforma la relación de las personas con su territorio. Para muchos monitores, esta experiencia ha sido una oportunidad para aprender sobre ecología y conservación, pero también para fortalecer lazos entre vecinos y generaciones.

En cada jornada participan familias completas —niños, jóvenes y personas mayores— que descubren que proteger el humedal es una tarea compartida. Así, la ciencia se convierte en una herramienta de educación ambiental y cohesión social, donde el aprendizaje nace desde la práctica y el vínculo con el entorno. Porque el humedal Angachilla no solo almacena agua: guarda historias, equilibrios y vida. Y cuando aprendemos a observarlo, a medirlo y a cuidarlo, entendemos que el agua —efectivamente— también habla.